En los últimos tiempos han surgido numerosas reflexiones, estudios
e informaciones, sobre el Africa negra. Parece como si existiera un
acuerdo tácito para poner de moda a la negritud. Tal vez se trate,
por otro lado, de hacer justicia, puesto que hasta épocas muy recientes
apenas se había hablado de Africa, ya fuera por la dejadez de muchos
investigadores, o porque apenas se sabía gran cosa de su historia
y su cultura.
Sin embargo, en la actualidad, muchos historiadores y etnólogos nos
hablan de Africa con verdadera pasión. Explican que para la mejor
comprensión del mundo negro se hace necesario conocer sus aspectos
geográficos y físicos, puesto que ambos inciden sustancialmente sobre
lo histórico, y lo determinan.
Y así, interpretan el mundo africano de forma minuciosa y desde una
perspectiva nueva hasta entonces -aunque acaso sus estudios y reflexiones
puedan conducirles a una especie de determinismo geográfico-, e inédita,
puesto que se concede prioridad al estudio, por ejemplo, de datos
climáticos, orográficos e hidrográficos sobre consideraciones de tipo
histórico. Todo lo cual conduce a la consideración del continente
negro como un espacio cerrado, en el que sus pobladores rechazarían
cualquier amago de influencia ajena a ellos; con lo que se hallarían
abocados a cierta clase de impenetrable ostracismo étnico. No obstante,
los distintos pueblos, y tribus, que se encontraban desperdigados
por el territorio africano, ciertamente que tenían limitado su espacio
por una especie de muro de arena que señalaba, de forma expeditiva,
la frontera norte del Africa negra: se trataba del hoy célebre desierto
del Sáhara.
FRONTERAS DE ARENA
Pero, esto, no siempre fue así, puesto que esa franja desértica denominada
"desierto del Sáhara", antaño era un verdadero vergel, pleno de abundante
vegetación, con árboles y prados, y feraces llanuras y colinas. Mas
ello sucedió hace ya seis mil años, cuando ya en otras zonas de Africa
los primeros homínidos habían dejado grabados -en las paredes rocosas
de las cuevas que usaban para guarecerse- signos mínimos cargados
de simbolismo emblemático; y pinturas esquemáticas, cuyo valor como
documento social, político, ritual y estético es incalculable.
Esa especie de jardín natural, que fue el actual desierto del Sáhara,
quedó agostado por una gran sequía que tuvo su origen cuatro milenios
antes de nuestra era. La gran desecación perduró por espacio de casi
dos mil años, y las consecuencias directas de sus efectos están ahí,
en esa enorme franja desierta que se extiende de occidente a oriente
en la zona norte del continente africano y que, según algunos historiadores,
constituye el límite que la propia naturaleza ha impuesto al mundo
negro.
Ya en tiempos de las glaciaciones, a finales del período terciario
-hace aproximadamente seiscientos mil años-, el territorio africano
había sido lugar de residencia de los primeros homínidos. En algunas
partes de su zona sur se han hallado, junto a útiles de piedras sin
labrar y cantos rodados o eolitos, restos humanos de gran antigüedad.
También se han conseguido datos y pruebas que han permitido, a los
especialistas e investigadores, afirmar que aquellos primeros homínidos
conocían el fuego. Esas zonas africanas están consideradas, en la
actualidad, como centros de importantes hallazgos prehistóricos.
UNA NUEVA TIERRA
Los pobladores de las zonas desérticas se extendieron, y emigraron,
hacia el norte, el sur y el este. En su afán por buscar una nueva
tierra en la que echar raíces, por así decirlo, se toparon con otras
tribus que, desde épocas remotas, habitaban en las zonas tropicales
del continente africano.
Ante la ausencia de pruebas fidedignas para catalogar con exactitud
los distintos pueblos que se hallaban diseminados por tierras africanas,
se han adelantado hipótesis que afirman que existieron tribus primitivas
"paleo-negríticas" que practicaban la caza y conocían técnicas rudimentarias
para trabajar la tierra; especialmente se esforzaban en lograr que
le terreno pobre y yermo de zonas extremas y montañosas llegara a
ser fértil y feraz. Para ello, contaban con el conocimiento del cultivo
intensivo, mediante el que conseguían, además del total abastecimiento
de todo tipo de productos hortícolas, algo más importante, a saber,
la cohesión social necesaria para hacer posible el auge poblacional
y, por ende, el asentamiento definitivo en una determinada zona; de
este modo llegarían a la formación de núcleos o grupos sociales con
una densidad de casi cincuenta habitantes por kilómetro cuadrado.
PUEBLOS Y CULTURAS
Algunos de estos grupos poblacionales ocuparon la región norte del
territorio africano, lugar cercano a la ribera oriental del Nilo;
tal es el caso de la tribu de los dogones, que se caracterizaba porque
entre sus miembros y el propio entorno geográfico se estableció un
vínculo tribal difícil de romper.
También, el grupo de los basari es otro de los denominados "pueblos
desnudos" de Africa, los cuales se hallaban desperdigados por diferentes
zonas. Su antigüedad se remonta a cerca de seis mil años y terminaron
asentándose en Guinea. En la Costa de Marfil se establecieron los
"lobis". Los "sombas" ocuparon la región de Togo. Y las tierras de
Nigeria se vieron pobladas por tribus de "angus" y "fabis". Todos
los grupos enumerados fueron conformando las grandes zonas étnicas
de Africa.
Mas también en los territorios desérticos y en las zonas ecuatoriales
se fueron asentando poblaciones de raigambre étnico como los "mandinga"
y los "bambara". También los "yoruba", en unión de los "hausa" y los
"ibos", se irían asentando por la zona de Nigeria hasta constituirse
en la masa de población más rica de todo el continente africano.
Según todos los investigadores, las distintas tribus señaladas mantenían
entre sí una clara diferenciación social, y otro tanto sucedía en
el terreno político o religioso. La autonomía estaba garantizada,
lo mismo que las costumbres milenarias de cada tribu y su idiosincrasia
propia. La variedad de creencias, de historia, de leyendas y de mitos,
que confluyen en las poblaciones reseñadas, hace que el continente
africano se muestre atractivo e interesante en grado sumo. Si a todo
ello se añade que fue en Nubia -territorio situado en el fértil, y
maravilloso, valle del Nilo- en donde tuvo su origen una de las primeras
civilizaciones del continente africano, que recibió precisamente el
nombre de civilización de los nubios -en la actualidad casi toda la
zona es territorio sudanés-, la cual provenía probablemente de Asia,
puesto que el color de su piel era muy similar al de los pobladores
de ese continente y, durante un milenio, mantuvo todo su esplendor.
EL SUR
La región situada más al sur del lugar de asentamiento de los egipcios
era denominada por éstos con el nombre de "Kus" ; los nativos de esta
zona tenían la pigmentación de su piel más oscura que los del norte,
eran de raza negra. Habían establecido la capital de toda la región
en una zona muy próxima a un enorme recoveco del río Nilo y, en su
subsuelo, se hallaban las más fabulosas reservas de oro de todos los
tiempos.
Esta capital recibió el nombre de Napata y tuvo dirigentes que la
hicieron crecer en demasía, hasta el punto de que Egipto mismo fue
sometido. Los márgenes del Nilo también fueron conquistados por los
reyes de Napata. En aquel tiempo -hace casi tres mil años- toda la
extensa ribera de ambos lados del Nilo estaba formada por valles y
pastizales siempre fértiles; actualmente hay grandes zonas yermas
y terrenos eriales.
La riqueza de la población de la zona del Kus -los "kusitas"- se vio
incrementada por el descubrimiento, en el subsuelo más próximo a la
ciudad de Napata, de gran cantidad de mineral de hierro. A todo ello
habrá que añadir, además, las productivas transacciones de marfil
que los pueblos limítrofes les suministraban.
Pero, este gran imperio "kusita" se hallaba sometido a la rapiña y
al hurto de numerosas tribus nómadas. Ya desde el siglo III, antes
de nuestra era, los ladrones esquilmaban las caravanas "kusitas" que
transportaban oro y marfil por las rutas comerciales abiertas al efecto.
El resultado final es que el emperador del poderoso reino de "Axum",
situado más al sur, en las cercanías de la meseta de Etiopía, someterá
a todas las poblaciones del "Kus" y se apropiará de sus ricas minas
de hierro y oro.
ARTESANOS Y HERREROS
Todo lo antedicho ha servido para que algunos investigadores expresen,
con contundencia, sus tesis favorables a la más que probable influencia
de las grandes civilizaciones norte africanas sobre las culturas desarrolladas
en el mundo negro, y sobre su estructura social. Algunos hallazgos
relevantes vienen a avalar la tesis expuesta. Por ejemplo, se han
encontrado perlas de cristal egipcio en áreas del territorio de Gabón,
y también pequeñas representaciones y efigies del dios Osiris en zonas
situadas al sur del río Zumbeze y en los territorios del oriente del
Congo. Tal vez no suponga todo ello una prueba concluyente de la incidencia
de la civilización egipcia en el mundo negro pero, sin embargo, sí
que se abren expectativas por mor de las cuales puede afirmarse que
en el campo artístico y técnico existió cierta relación; el caso más
claro es la utilización, por ambos pueblos, de la técnica de la fundición
con cera. No obstante, ya desde el año 3000 (a. C.), las tribus de
la zona del Níger, por ejemplo, conocían la metalurgia del hierro
y, desde épocas muy remotas, ya habían formado una especie de gremios,
o sociedades, de herreros, que se constituían en castas y trabajaban
el estaño y la metalurgia del hierro.
ZONAS DE REFUGIO
Dos grupos étnicos, firmes exponentes de la negritud, se hace necesario
destacar: los bantú y los negros sudaneses.
A pesar de ciertas diferencias, más bien debidas a determinados avatares
históricos que a la voluntad de los protagonistas, ambas etnias mantienen
su unidad cultural y lingüística. La raza bantú es originaria de los
grandes lagos africanos y no se ha visto mezclada con otros grupos,
tales como los beréberes islamizados, moros, o cualesquiera otros
pueblos de raigambre islámico-semita.
Los bantúes se regían por monarcas que pretendían, en todos los casos,
lograr la paz para su pueblo. Se les denominaba "kakabas" y la relación
con el resto de la población, o con otros territorios circundantes,
no se hacía directamente, sino que utilizaban tambores para comunicarse.
También, según las proporciones del sonido, o las variaciones del
ritmo de los tambores, se podía deducir el poder de los reyes bantúes.
Los tambores -algunos tenían hasta dos metros de radio- se depositaban
en el interior de lugares sagrados y templos. Quienes los custodiaban
y se encargaban de hacerlos sonar formaban una casta privilegiada
y eran muy considerados por las tribus y reinos de los grandes lagos.
Actualmente, los bantúes se hallan asentados en la isla de Madagascar
y, en opinión de etnólogos y geógrafos, deben considerarse "fuera
del continente negro". Se considera a los pigmeos como descendientes
de los primeros pobladores del continente africano. Permanecen en
las "zonas de refugio, constituidas por extensas tierras selváticas,
donde el agua de lluvia se mantiene en el mismo lugar sobre el que
ha caído para, así, formar una inmensa selva virgen, una selva-esponja,
saturada de agua, con los macizos espesos de árboles gigantes, con
el monte embrollado, oscuro y silencioso, resistente a cualquier roturación,
hostil al establecimiento humano e, incluso,a la circulación, salvo
la que se hace por los ríos; región de vida precaria, aislada, basada
en la pesca y en la caza".
FUERZAS PODEROSAS
Recientes excavaciones han dejado al descubierto figuras de terracota
-como las halladas en la zona de Nok (Nigeria)- cuya antigüedad se
remonta a casi dos mil quinientos años. Algunas de estas estatuas
están realizadas de tal modo que la cabeza es mucho mayor que el cuerpo;
semejante desproporción era una característica de los artistas africanos
y con ello querían dar a entender que no sólo representaban seres
humanos sino que también su arte pretendía llamar la atención sobre
cierta clase de significación simbólica, alejada de todo naturalismo.
En este sentido, el hallazgo de las denominadas "figuras de Jano"
-llamadas así porque recuerdan a la deidad romana Jano, que aparecía
representada con dos cabezas contrapuestas, puesto que personificaba
la vigilancia y la custodia-, llevado a cabo en el valle de Taruga,
es un claro ejemplo pleno de connotaciones míticas y emblemáticas.
Además, algunas de las estatuas encontradas en la aldea de Nok representan,
y simbolizan, a las fuerzas sobrenaturales y poderosas que aparecían
relacionadas con la producción de alimentos y la satisfacción de las
primeras necesidades.
Otros hallazgos, en los que aparecían hasta media docena de cabezas,
de terracota, se han relacionado con la existencia de santuarios,
templos o lugares de culto y rito, en los bosques considerados, por
lo mismo, como sagrados.
Se afirma, además, que "la técnica de la fundición guarda cierta relación
mítica y ritual con las figuras de terracota de los hornos del valle
de Taruga".
Otro tanto acaece con el arte estatuario de Benin, que alcanzó su
plenitud entre los siglos XI y XV de nuestra era. "En tal sentido
las figuras de animales, como el leopardo, simbolizan el poder de
sus reyes que, a veces, portaban máscaras realizadas en marfil, las
cuales llevaban incrustadas, a su vez, pequeñas figurillas de los
colonizadores europeos con el objeto de apropiarse de su saber y su
inteligencia y, de este modo, no ser dominados por ellos".
SAGRADA NATURALEZA
Los pueblos africanos tenían hacia los fenómenos naturales, hacia
el Sol, la Luna,las estrellas, hacia las montañas, los ríos, mares
y árboles, cierto respeto sacro. Todo estaba personificado y vivo
-asimismo-; y, por doquier, surgían ídolos, fetiches, talismanes,
brujos, hechiceros y magos.
El primitivismo de las leyendas de los pueblos de Africa meridional
entronca con una especie de animismo, que les hace adorar a los árboles
porque pensaban que, en un tiempo muy lejano, fueron sus antepasados.
Lo mismo sucedía con los animales; con el añadido, además, de que
se les asociaba con cierta clase de esoterismo que conducía a la creencia
de que los muertos se aparecían a los vivos, precisamente, en forma
de animales. El culto a los muertos se hallaba muy extendido, y se
consideraba obligatorio hacerles ofrendas. De este modo, la muerte
que siempre era tabú -es decir, algo que no debía ni mencionarse ni
mentarse pues, de lo contrario, podrían sobrevenir terribles castigos
a los infractores de tales preceptos-, adquiría una importancia capital
entre los componentes de una determinada tribu y su modo de comportarse.
Cuando alguien moría, todos los demás abandonaban el lugar de marras,
para que la desgracia no les alcanzara como al finado. Son muy frecuentes,
por lo demás, las leyendas sobre la muerte, y existen varios mitos,
acerca del origen de tan tremendo mal, en algunas tribus africanas
de la zona que estamos describiendo.
En el valle del río Níger, el fetichismo se halla muy extendido y,
de entre sus pobladores, surgen muchos magos y hechiceros que son
los encargados de dirigir el culto al ídolo y de ofrecerle los distintos
sacrificios; también tienen el don de predecir el futuro y de pronunciar
oráculos.
MITO DE LA CREACION
Muchos pueblos africanos cuentan, también, con numerosas leyendas
para explicar el origen de la especie y, al propio tiempo, han elaborado
curiosos mitos sobre la creación del primer hombre y de la primera
mujer. La narración de los hechos aparece repleta de inventiva y fantasía:
Hubo un tiempo en que el ser superior Mulukú -en las poblaciones centroafricanas,
a la deidad suprema se la conocía con el nombre de Woka- se propuso
hacer brotar, de la tierra misma, a la primera pareja de la que todos
descendemos. Mulukú, que dominaba el oficio de la siembra o, por mejor
decir, era el sembrador por excelencia, hizo dos agujeros en el suelo.
De uno surgió una mujer, del otro surgió un hombre. Ambos gozaban
de la simpatía y el cariño de su hacedor y, por lo mismo, decidió
enseñarles todo lo relativo a la tierra y su cultivo. Les proveyó,
además, de herramientas para cavar y mullir el suelo y para cortar,
o podar, árboles secos, y para clavar estacas. Puso en sus manos semillas
de mijo para sembrar en la tierra y, en fin, les mostró la manera
de vivir por sí mismos, sin dependencia alguna de cualesquiera otras
criaturas.
Sin embargo, cuenta la leyenda que la primera pareja de nuestra especie
desatendió todos los consejos que la deidad les había dado y que,
por lo mismo, abandonaron las tierras, las cuales terminaron convirtiéndose
en eriales y campos yermos. Y, así, la primera pareja consumó su desobediencia,
con lo que su hacedor los trastocó en monos. El mito -o, por mejor
decir, la fábula-, relata que Mulukú montó en cólera y arrancó la
cola de los monos para ponérsela a la especie humana. Al propio tiempo
ordenó a los monos que fueran humanos y a los humanos que fueran monos;
depositó en éstos su confianza, mientras que se la retiraba a los
humanos. Y dijo a los monos: "Sed humanos". Y a los humanos: "Sed
monos".
LA CUNA DEL "AUSTRALOPITHECUS"
La figura de un padre protector y poderoso también aparece entre los
pueblos africanos. Y, respecto a su cosmología, numerosas leyendas
jalonan la propia idiosincrasia de las diferentes tribus. Todos los
pobladores del Africa negra han creído que la tierra no tenía edad,
y que existía desde siempre. Y, según opinión de muchos historiadores
insuficientemente documentados, es decir, que basaban más sus asertos
y conclusiones en fatuas declaraciones de eruditos pensadores, que
en una labor de investigación y estudio personales, se ha llegado
a decir que los africanos forman parte de los denominados "pueblos
sin historia". Lo cual quiere decir que no han contribuido al desarrollo
de la humanidad, ni mucho ni poco; y que entre los negros africanos
ha sido desigual su evolución y, desde luego, ninguno ha creado una
cultura autóctona que lo caracterice. Sin embargo, descubrimientos
arqueológicos de gran importancia -entre otros el del primer homínido,
conocido con el nombre de "australopithecus", pues sus restos fueron
hallados, hace poco más de medio siglo, concretamente en el año 1924,
en la zona austral del continente africano-, así como el profundo
estudio de las innumerables muestras de arte rupestre, que se encuentran
en toda Africa, han llevado a reconsiderar los erróneos criterios
que hasta hace muy poco se tenían del continente negro.
NUESTRA PROPIA HISTORIA
Hoy, por mor de las excavaciones, y estudios, que se llevan a cabo
en toda Africa -muy especialmente en zonas que hasta el presente,
no se sabe a causa de qué criterios, habían sido relegadas-, se han
detectado pruebas suficientes para concluir que fue en este territorio
en donde comenzó el proceso de hominización. En cualquier caso, los
hallazgos de los especialistas e investigadores nos llevan a concluir
que Africa fue uno de los más importantes focos de cultura pre homínida.
Los eslabones de la cadena que nos une a nuestros más ancestrales
antepasados, se encuentran en el continente negro. Otro factor a tener
en cuenta, a la hora de enjuiciar el escaso avance de los estudios
llevados a cabo en el continente negro, es aquel que se refiere a
las condiciones adversas de su suelo; la acidez del suelo africano
desgasta con prontitud todo vestigio, especialmente los restos fósiles.
Sin embargo, hoy se sabe que fueron los primeros homínidos del continente
africano quienes, debido a sus peculiaridades físicas y somáticas
-por ejemplo su piel sin vello, su producción de melanina que les
dará la adecuada pigmentación, su abundancia de glándulas sudoríparas,
su cabello rizado, etc.-, iniciaron el denominado proceso de adaptación
al medio, con el que comenzará, sin ninguna duda, la hominización
propiamente dicha. La importancia de este proceso es capital pues,
en un principio, el homínido se caracteriza por su actitud práctica,
ya que primordialmente pretende construir toda una serie de artilugios
que le llevan a dominar las técnicas de la pesca, la caza, la agricultura
y la ganadería. Como para ello debe contar con herramientas diversas,
se transformar en "homo faber" y "homo habilis", de aquí a constituirse
en nuestro seguro antepasado, el "homo sapiens", apenas media una
mínima distancia.
COSTUMBRES ANCESTRALES
El largo camino de la hominización no fue, sin embargo, tan lineal
como pudiera parecer a primera vista. Muchos horrores, que el acceso
de las civilizaciones iría corrigiendo, jalonaron el tiempo y el espacio
históricos. Algunas de las tribus que pueblan los territorios del
occidente africano conservaron, hasta épocas muy recientes, costumbres
que muy poco tienen que ver con el programa social y político de otros
grupos humanos.
A este respecto, el gran investigador Frazer, en su cualificada obra
La Rama Dorada, se hace eco de las siguientes palabras que un misionero
dejó escritas -cuando ya el siglo XIX tocaba a su fin- después de
convivir con algunas tribus del Africa negra: "Entre las costumbres
del país, una de las más curiosas es incuestionablemente la de juzgar
y castigar al rey.Si él ha merecido el odio de su pueblo por excederse
en sus derechos, uno de sus consejeros, sobre el que recae la obligación
más pesada, requiere al príncipe para que se vaya a dormir, lo que
significa sencillamente envenenarse y morir".
Al parecer, en el último momento, algunos monarcas no estaban dispuestos
a quitarse la vida de un modo tan expeditivo, lo cual era interpretado
por los súbditos más allegados como una falta de valor. Entonces,
se recababa la ayuda de un amigo que en el instante supremo se encargaría
de darle un último empujón, por así decirlo; lo importante era que
el pueblo no llegara a enterarse de la falta de valor de su soberano.
En cuanto al sujeto elegido para llevar a cabo tan abominable magnicidio,
se loaba su predisposición y se agradecía el servicio prestado a su
tribu.
GENIECILLOS Y GIGANTES
La variedad de leyendas del Africa negra se debe a la diversidad de
tribus que la habitan. En muchas poblaciones se tenía en gran estima
todo el ancestro de sus antepasados y, aun cuando su territorio fuera
invadido por otros pueblos de costumbres e ideas diferentes, nunca
dejaron que sus ritos y mitos se perdieran. Tal es el caso de algunas
tribus de pescadores y campesinos que moraban en las riberas del Níger,
que vieron anegada su propia idiosincrasia por otros pueblos, especialmente
musulmanes. Sin embargo, las creencias y la fuerza de sus mitos no
perdieron apenas prestancia. Siguieron adorando a los espíritus y
genios que moraban en la naturaleza, y a los que se hacía necesario
aplacar, y mantener contentos, para que las cosechas no se agotaran
y para que la pesca fuera abundante.
El aire, la tierra y el río, estaban plagados de espíritus -lo cual
implica el concepto animista que de la naturaleza tenían los negros
africanos-, a quienes se acudía, y se invocaba, cuando se necesitaba
una ayuda superior. Había también ciertas leyendas en las que aparecía
el polífago gigante Maka que, para satisfacer su voraz apetito, necesitaba
devorar animales tan enormes como los hipopótamos; y cuando se disponía
a saciar su sed, algunos de los lagos cercanos se veían seriamente
mermados.
CIUDADES BAJO EL AGUA
También había una hermosa mujer que aparecía plena de juventud y lozanía.
Se llamaba Haraké, y su poder de atracción era tal que no se sabía
si era diosa o si pertenecía a la especie de los humanos mortales.
La leyenda más extendida afirmaba que Haraké tenía los cabellos tan
transparentes como las propias aguas que le servían de morada. Al
atardecer, la hermosa muchacha tenía por costumbre descansar al borde
mismo del Níger, y esperar así hasta que llegara su amante. En cuanto
éste se reunía con ella, ambos se adentraban en las profundidades
de aquellas aguas encantadas y profundas; la muchacha llevaba al elegido
en su corazón a través de maravillosos caminos que conducían a fastuosas
y desconocidas ciudades. En sus espléndidos recintos, y entre el sonido
del tantán y de los tambores, tendría lugar la ostentosa ceremonia
que uniría a la feliz pareja para toda la vida.
Todas las narraciones de la fábula expuesta hacen hincapié en que
fue Haraké quien condujo a su amante, y no viceversa. Con ello se
quiere dar a entender que la mujer era muy respetada entre ciertas
tribus del Africa negra. Sus privilegios provenían de su consideración
como madre y esposa.
Aunque, al mismo tiempo, aparecen representaciones femeninas en actitud
sumisa pero, si uno se fija en su rostro, observará cierta clase de
serenidad que, al decir de investigadores y antropólogos, indicaba
la importancia concedida a esa especie de mundo anímico, o vida interior,
con que debía arroparse la mujer negra, so pena de poner en entredicho
su condición femenina.
MITO DE LAS DOS LUMINARIAS
De entre las numerosas leyendas del continente africano sobresale
la de los negros de Senegal, puesto que acaso sean los únicos que
tienen una cosmología digna de tal nombre.
Sus fábulas muestran que las dos luminarias, es decir, tanto el Sol
como la Luna, estaban ya consideradas como superiores a los demás
astros. El mito cosmogónico pretende establecer las diferencias de
ambos cuerpos astrales, y se propone explicar -de una manera muy simple,
aunque cargada de connotaciones míticas y emblemáticas- las grandes
diferencias entre la Luna y el Sol. El brillo,el calor y la luz que
se desprenden del astro-rey impiden que seamos capaces de mirarlo
fijamente. En cambio, a la Luna podemos contemplarla con insistencia
sin que nuestros ojos sufran daño alguno. Ello es así porque, en cierta
ocasión, estaban bañándose desnudas las madres de ambas luminarias.
Mientras el Sol mantuvo una actitud cargada de pudor, y no dirigió
su mirada ni un instante hacia la desnudez de su progenitura, la Luna,
en cambio, no tuvo reparos en observar la desnudez de su antecesora.
Después de salir del baño, le fue dicho al Sol: "Hijo mío, siempre
me has respetado y deseo que la única, y poderosa deidad, te bendiga
por ello. Tus ojos se apartaron de mí mientras me bañaba desnuda y,
por ello, quiero que desde ahora, ningún ser vivo pueda mirarte a
ti sin que su vista quede dañada".
Y a la Luna le fue dicho: "Hija mía, tú no me has respetado mientras
me bañaba. Me has mirado fijamente, como si fuera un objeto brillante
y, por ello, yo quiero que, a partir de ahora, todos los seres vivos
puedan mirarte a ti sin que su vista que dañada ni se cansen sus ojos".
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