Los hunos son un pueblo de pastores nómadas que invadieron
la Europa del SE hacia el 370 y crearon un enorme imperio en los ochenta
años siguientes. (Los heftalitas que invadieron Irán e India en los
siglos V y VI y los hiung-nu que acosaron anteriormente China son a
veces identificados como hunos, lo que no es del todo seguro). Quizá
sean el pueblo llamado en chino xun (los griegos los llamaron jounoi),
quizá parte de los hiung-nu mencionados por las fuentes chinas, de familia
turca y escritura rúnica. Cruzaron el Volga después del 350, cayeron
sobre los alanos (entre el Volga y el Don), ostrogodos (entre el Don
y el Dniéster) y visigodos (Dacia) y forzaron el limes romano del Danubio.
Amiano Marcelino (fl. 395) los describe como pastores
sin casas ni reyes, dirigidos por jefes de grupo (primates), aparentemente
sin un caudillo general aún en el s. IV. Excelentes jinetes arqueros,
veloces y decididos, de táctica impredecible, extendieron el miedo por
el Imperio. Pactaron con Roma en contra de los germanos de Europa Central
y, hacia el 432, tenían un caudillo principal, Rua o Rugila, a cuya
muerte (434) le sucedieron sus sobrinos Bleda y Atila (Átila), corregnantes
que pactaron con el Imperio de Oriente en Margus (hoy Pozarevac) la
duplicación de los subsidios pagados a Rugila.

Atila o Átila, flagellum Dei, rey de los hunos
(434-453) es el Etzel de la leyenda de los Nibelungos y el Atli de las
sagas islandesas. Dominadores de un extenso territorio, desde el Báltico
a los Alpes hasta cerca del Caspio, habían de recibir de Constantinopla
700 libras de oro anuales (unos 300 k). No se sabe nada concreto sobre
Atila entre 435 y 439 ni tampoco que el Imperio le pagase lo prometido.
En 441, cuando las tropas romanas estaban actuando en el limes tanto
oriental como occidental, atacó fuertemente el Danubio oriental, tomando
y saqueando muchas ciudades, incluida Singidunum (Belgrado). Constantinopla
logró una tregua para el 442 y trajo tropas del Oeste; pero en 443 Atila
volvió a atacar: tomó ciudades en el río y se dirigió al interior hacia
Naiso (Nis) y Sérdica (Sofía), que fueron destruidas. Camino de Constantinopla,
tomó Filipópolis, derrotó a los romanos en todas las batallas y cercó
la capital imperial, que no podía tomar con sus arqueros. Puso rumbo
a Galípolis, donde estaban refugiadas las últimas tropas imperiales,
y las deshizo. Impuso una paz que incluía el pago de los atrasos y su
mora (6.000 libras de oro, unos 1.800 k) y la triplicación del tributo
anual (2.100 libras por año, unos 650 k). Hacia 445 mató a su hermano
mayor, Bleda, y se convirtió en autócrata. Atacó de nuevo en 447, más
al E (Escitia y Mesia) que la vez anterior y derrotó a los romanos en
el río Uto (Vid), pero con un alto costo en hombres. Devastó los Balcanes
y Grecia hasta las Termópilas y en los años siguientes se mantuvo una
especie de hostilidad latente entre Atila y Teodosio II, como narra
Prisco de Panio (fragmentos de su Historia), que lo visitó en Valaquia,
junto a los embajadores romanos del 449. Se concluyó una paz más onerosa
para el Imperio que la del 443: el Imperio había de evacuar una ancha
franja suddanubiana y grandes tributos cuya cuantía no precisan las
fuentes.
Atila entró en la Galia en 451, aparentemente contra los
visigodos del reino de Tolosa, que no mantenían contenciosos con Valentiniano
III ni con Aecio, con quien Atila estaba en buenas relaciones. Se sabe
que, en 450, Honoria, hermana del emperador, le envió su anillo y la
petición de que la librase de un matrimonio al que se la obligaba. Atila
reclamó a Honoria como esposa y pidió la Galia como dote. Aecio y Teodorico
I pactaron una actuación conjunta. Atila intentó ocupar Aurelianum (Orleans),
pero los romano-godos se lo impidieron en el último momento. La batalla
se dio en campo abierto, en los Campos Cataláunicos (o, en otras fuentes,
Mauriacos), de situación desconocida. Teodorico murió, pero Atila, vencido
por primera y única vez, hubo de retirarse.
En 452 Atila pasó a Italia y saqueó Aquilea, Padua, Verona,
Brescia, Bérgamo y Milán, sin que Aecio pudiera detenerlo. La hambruna
y la peste los sacaron de Italia. El nuevo emperador de Oriente, Marciano,
interrumpió el pago de subsidios pactado por Teodosio II y Atila iba
a atacarle cuando murió en el viaje, durante el sueño. Quemado en una
fastuosa pira con su tesoro personal, quienes dispusieron el funeral
fueron muertos para que nadie pudiera localizar la tumba. Le sucedieron
sus hijos que, reñidos entre sí, perdieron casi inmediatamente el poder
huno.
Prisco, que conoció a Atila en 448-449, lo describe como
bajo, robusto, de gran cabeza, ojos hundidos, nariz chata, barba rala
y de costumbres austeras. Irritable e irascible, era un tenaz negociador
y no tan inmisericorde como se dice. Los hunos poseían oro abundante,
por los pillajes, los subsidios romanos y la venta de prisioneros, y
el poder económico alteró sus naturaleza política. La monarquía se hizo
hereditaria y el rey tuvo carácter autocrático: sus delegados personales
se ocupaban del gobierno y las exacciones en especie y moneda sobre
los territorios y pueblos sujetos a los hunos. No hubo estructuras complejas
y, a la muerte de Atila, las revueltas internas facilitaron la derrota
huna (455) frente a una coalición de gépidos, ostrogodos, hérulos y
otros pueblos en Panonia (río Nedao, sin identificar) que terminó con
los hunos como potencia.
Extractos de libros
Extractos sobre los Hsiung-un en el libro "Asia Central",
de siglo XXI.
Los hallazgos de los túmulos de Noin-Ula, en Mongolia,
son similares en muchos aspectos a los de Pazyryk pero de fecha posterior.
Estos enterramientos se atribuyen a una rama de los hsiung-nu (hunos);
los hallazgos incluyen una alfombra de lana, decorada con animales luchando,
tejidos helenísticos importados y escudillas de laca china, una de las
cuales ha sido fechada en el año 2 a.C. Pag. 27
Durante la tercera centuria a. C. los hsiung-nu llegaron
a la cima de su poderío en Mongolia. En seguida constituían el principal
peligro para los dirigentes de la China septentrional; la Gran Muralla,
el más conocido de los monumentos chinos, se construyó pata salvaguardarse
de sus ataques; pero al finalizar la dinastía Ch'in (221-206 a. C.),
el poder defensivo de China decayó. Al mismo tiempo, la fuerza de los
hsiung-nu aumentó bajo el mando de su shanyü (jefe supremo) T'ouman,
y alcanzó su mayor poderío bajo el hijo de éste, el gran Mao-tun (209-174
a. C.), que subyugó a las tribus vecinas, los hsien-pi, los khitan
y los tunguses, y se convirtió en el emperador de las estepas. Pag.
40
Hacia el siglo IV d. C. el imperio nómada de los hsiung-nu
en Mongolia se hallaba dividido desde hacia mucho tiempo en dos partes,
la septentrional y la meridional. Ambos grupos habían tenido una historia
turbulenta y en el año 311 d. C. los hsiung-nu de la zona meridional
habían conquistado y quemado la capital de la China septentrional, Lo-yang.
Esta era la ciudad famosa entre los romanos con el rombre de Sera Metrópolis,
el lugar donde finalizaba la ruta terrestre de la seda. Las tensiones
que como resultado se produjeron hacia el este, a lo largo de la ruta
de la seda, quedaron reflejadas en las antiguas cartas sogdianas. Posteriormente
los hsiung-nu meridionales establecieron una dinastía en Lo-yang que
perduró hasta que pereció a manos de un renegado de su misma raza en
el año 350 d. C.
Simultáneamente el grupo septentrional de ese mismo pueblo
había sido empujado desde las cercanías del lago Baikal hacia el Oeste
por el poderío creciente de sus rivales, los hsienpi. Durante rnás de
un siglo sus movimientos, aparentemente hacia el norte de la cadena
montañosa de Tian Chan, pasaron desapercibidos para los historiadores
de las principales civilizaciones. Finalmente, sin embargo, aparecieron
en las estepas del Jaxartes hacia el norte de la Sogdiana. Desde el
año 350 d. C. en adelante varios grupos de estos hsiung-nu invadieron
las provincias orientales del imperio sasánida, donde fueron conocidos
con el nombre de chionitas; posteriormente otros grupos de este mismo
pueblo, que serían llamados hunos por los europeos, aparecieron entre
los alanos y los godos en las llanuras del sur de Rusia, al este del
Volga.
El año 350 d. C., mientras Shapur II de Irán (309-379
d. C.) se hallaba sitiando la fortaleza de Nisibis en la Mesopotamia
romana, le llegaron noticias alarmantes de que unos invasores nómadas
estaban atacando las fronteras orientales de su imperio; rápidamente
levantó el cerco y marchó hacia la zona amenazada. Recientemente se
ha puesto en duda el hecho de que éste fuera el motivo por el que Seleuco
(Slwky), el juez sasánida de Kabul, hiciera su viaje a la corte del
rey sasánida. Pero al parecer fue hacia estas fechas cuando Shapur II
estableció su cuartel general en la ciudad que ahora se llama Nishapur,
"la gran hazaña de Shapur", designación con la que se conmemoran estos
acontecimientos. Durante casi diez años Shapur II se vio obligado a
continuar la guerra contra los chionitas para poder mantener estable
su frontera oriental. Por fin consiguió realizar su propósito y cuando
en el año 360 volvió a emprender la guerra contra los romanos llevaba
consigo como aliadas a fuerzas chionitas bajo el mando de su rey Grumbates.
Pero a largo plazo sus esfuerzos fueron en vano, pues, según indican
de manera suficientemente clara los testimonios, unas pocas décadas
después las antiguas provincias kusanas ya no estaban bajo el control
de los gobernantes sasánidas, sino que habían pasado al de los jefes
de esos nuevos invasores procedentes de las estepas. Un nuevo poder
había surgido en Irán oriental, el de los chionitas y sus sucesores,
los kidaritas y los hephthalitas (o ephthalitas).
Así pues, se cree que los primeros hunos que aparecieron
en Jorezm (uros veinticinco años antes de que llegaran a Europa) fueron
los chionitas mencionados por Ammianus Marcellinus". El rombre de este
pueblo está formado, al parecer, por el vocablo del persa central xiyon,
"huno", y la terminación tribal griega. Sin embargo, Henning consideró
que la terminación del nombre ephthalitas era una forma plural del sogdiano.
Después de que los chionitas se aliaron a Shapur II, se unieron también
a la campaña que éste emprendió contra los romanos en Mesopotamia; en
esta campaña, durante el sitio de Amida (Diyarbakr), murió en combate
el hijo de Grumbates, rey de los chionitas. Ammianus Marcellinus describe
cómo el cuerpo del príncipe fue quemado, suceso de cierta importancia
puesto que el ejército sasínida al que acomp2ñaban los chionitas profesaba
la doctrina de Zoroastro y para esta religión la cremación era motivo
de anatema. Sin embargo, estos detalles se corresponden con los datos
que se han obtenido en los estudios arqueológicos de los hunos europeos;
testimonios similares se han hallado en el valle de Bishkent, en Tadjikistán,
y también en el Ch ou sbu se atribuyen las mismas costumbres
al pueblo que durante este mismo periodo habitaba en Qarashahr y que
quizá estaba también relacionado con los chionitas.
Poco tiempo después tenemos noticias del jefe huno Kidara
que sería la figura predominante entre las tribus de la Bactriana durante
las últimas décadas del siglo IV. Sus monedas (pues es a él a quien
mejor deben atribuirse) se encontraron junto a las de Shapur II (309-379),
Ardashir II (379-383) y Shapur III (383-388) en el tesoro de Tepe Maranjan,
cerca de Kabul. Sin duda su reinado coincidió con el de estos tres gobernantes
sasínidas y quizá continuó después de ellos. Priscus, el escritor griego
que hizo la historia de los hunos, habla a veces de los "hunos kidaritas",
lo cual parece una razón suficiente para aceptar que los seguidores
de Kidara eran verdaderamente hunos y no, como algunos historiadores
sostienen, kusanas, a pesar del hecho de que Kidara continuó poniendo
en sus monedas el antiguo título territorial de kushanshah, "rey de
los kusanas", que también había sido usado por sus predecesores sasánidas.
Es cierto que el uso de la expresión "hunos kidaritas" por Priscus refiriéndose
al siglo v d. C. puede, por el contrario, introducir un elemento anacrónico,
pues en ese tiempo había aparecido en escena una nueva horda. Parece
que al final de la vida de Kidara y durante el reinado de su hijo (que
debió, según indican las monedas, tener el mismo nombre y sería por
tanto Kidara II), una nueva oleada de invasores hunos, los hephthalitas,
penetró en la Bactriana y obligó a los kidaritas a desplazarse hacia
el Punjab. En esta región el nombre de Kidara se ha encontrado en muchas
monedas de oro de las que no se conocen con seguridad ni la ceca ni
la atribución.
Según Ghirshrnan, los chionitas (término en el que él
incluye a los kidaritas) no eran un pueble distinto de los hephthalitas
que de manera importante intervinieron en la historia de la quinta centuria
d. C. Pero en el anterior párrafo se ha seguido la opinión de los sinólogos
McGovern y Enolki. Estos autores sostienen que los hephthalitas eran
recién llegados, que bajaron a la Bactriana al principio del siglo V
y desplazaron a los kidaritas hacia el sur. De manera que cualquiera
de los dos grupos pudo ser el invasor oriental que Bahram IV tuvo que
rechazar del Irán el año 427. Pero de cualquier manera esta invasión
fue probablemente el resultado de las tensiones surgidas por la aparición
de los hephthalitas. A éstos específicamente fue a los que el príncipe
sasánida Firuz I recurrió en el año 457 para que le ayudaran a obtener
el trono de Irán, entonces ocupado por su hermano Hormizd III. Más tarde
Firuz atacó a sus aliados hephthalitas, pero fue derrotado y capturado
por el rey de éstos, llamado Akhsunwar según al-Tabari o Khushnavaz
según Firdausi. En esta ocasión Firuz obtuvo la libertad dejando a su
hijo Qubad como rehén; después logró rescatarle y volvió a atacar, pero
dirigió la carga de su caballería hacia un dique oculto y pereció con
todos sus hombres. Teniendo en cuenta la anterior alusión a las costumbres
funerales de los chionitas, es interesante el hecho de que, según al-Tabari,
- Khushnavaz enterró los cuerpos de los persas en túmulos.
En lo que se refiere a sus prácticas funerarias y a la
derrota que los hephthalitas infringieron a Firuz, la descripción clásica
es la de Procopio, el cual dice que, aunque eran hunos de nombre y de
raza, no vivían como nómadas, que eran de complexión normal y de rasgos
regulares y que practicaban la inhumación, enterrando con cada uno de
sus jefes a un buen número (que a veces llegaba hasta veinte) de sus
compañeros. Por tanto, en este aspecto encontramos las prácticas de
los hepthalitas en contraste con la cremación practicada por los chionitas.
En el año 488 o en el 489 el rey sasánida Qubad, que había
vivido durante su juventud como rehén entre los hephthalitas, consiguió
su restauración en el trono persa con la ayuda de este mismo pueblo.
A pesar de ello, la tribu continuó siendo una amenaza para la seguridad
de Irán. El siguiente emperador sasánida, Khosrau Anoshirvan (531:579),
construyó fortificaciones para defenderse de sus ataques en la llanura
de Gurgan y cuando aparecieron los turcos llegó a aliarse con el khan
turco, llamado en las fuentes occidentales Sinjibu o Silzibul, para
derrotarlos. Finalmente los hephthalitas fueron derrotados en una cruenta
batalla un poco después del año 557, se dispersaron y sus tierras fueron
divididas en dos partes a las que separaba el Oxus; los sasánidas se
quedaron con la parte meridional y los turcos con todas las tierras
al norte del Oxus.
Durante la última parte del predominio hephthalita en
la Bactriana, en el siglo v y principios del VI, las fuentes indias
recogen una serie de incursiones en el Punjab y en la India occidental
realizadas por un pueblo denominado Huna, el cual, evidentemente, era
huno, pero no está claro a qué rama de este pueblo pertenecían los hunos.
El grupo más destacado en estas incursiones parece que fue el de los
zabulitas. Ya en el año 458 el príncipe gupta Skandagupta tuvo que resistir
los ataques de invasores que al parecer eran hunas. Durante su vida
fueron mantenidos a raya, pero al final del siglo el imperio gupta estaba
en descomposición y hacia el año 510 el jefe huna Toramana había
establecido su dominio sobre tina gran parte de la India. Su hijo y
sucesor fue el notable Mihirakula, el cual, después de tener bajo su
dominio una gran parte del Punjab hacia el año 525, fue rechazado
de las llanuras indias, pero continuó en Cachemira. Se cuenta de Mihirakula
que se divertía haciendo rodar elefantes por los precipicios de Cachemira
porque le gustaba oír los chillidos que proferían al chocar contra las
rocas. Toramana y Mihirakula fueron sucedidos por otros reyes hunos,
entre los que se encuentran Lakhana y Khigila, cuyos reinados tuvieron
lugar en la segunda mitad del siglo VI, pero de los cuales no se conocen
las fechas exactas. Debieron reinar en Kabul o en Gardiz, y el reinado
de Khingila debió durar al menos ocho años, según se ha podido comprobar
en una inscripción descubierta recientemente.
El lenguaje de los hunos asiáticos, igual que el de sus
parientes europeos, es enteramente desconocido, a no ser que sobreviva
en el dialecto turco khalji, del que Minorsky hizo un estudio. Para
explicar las afinidades lingúísticas y étnicas de este pueblo ha habido
dos principales hipótesis. Sin embargo, una de ellas, la "iraní", que
era defendida por Ghirhsman y por Enoki y que estaba principalmente
basada en las leyendas griegas de las monedas, ha quedado muy desacreditada
al descubrirse que en realidad las leyendas estaban escritas en el,
dialecto iraní oriental local de la Bactriana. Esta conclusión ha sido
confirmada por el descubrimiento de la inscripción bactriana de Surkh
Kotal. No hay ninguna duda de que este lenguaje iraní oriental fue utilizado
ocasionalmente por grupos hunos con fines adrninistrativos; pero, por
ahora, queda en pie la hipótesis "turca" de Minorsky acerca del verdadero
lenguaje de los hunos. No obstante, causa perplejidad la afirmación
del Cbou shu de que los hephthalitas practicaban la poliandría,
lo cual sin duda irla en contra de la teoría de que su origen era indoeuropeo,
ya que ello indica que en este sentido tenían más afinidad con los tibetanos
que con los turcos. El equipo militar de los hunos orientales (en este
caso, aparentemente, r de los kidaritas), representado en un disco de
plata que se encuentra en el British Museum, tiene también cierta importancia
respecto a la cuestión de su origen racial. El equipo incluye una espada
recta que se manejaba con las dos manos y un arco compuesto, pero no
usaban estribos. Lo primero y lo último les diferencia claramente de
sus sucesores, los ávaros, que tenían como equipe característico la
espada curva y el estribo y a los que se considera de origen mongol.
Minorsky creía que tanto los khalaj de Irán, que hablaban turco, como
los ghilzai de Afganistán, que hablaban pashtu (que parecen ser los
mismos pueblos que en las fuentes medievales son llamados khaljis) eran
descendientes de los hephthalitas. Opinión que parece paradójica a simple
vista, pero que está basada en varios testimonios que indican que en
la zona de Afganistán actualmente ocupada por los ghilzais debió estar
establecido desde tiempos muy antiguos un pueblo que hablara turco.
Y muy bien pudo haber ocurrido que un grupo turco, emparentado con el
lthalaj de Irán y que se llamara del mismo modo, predominara en algun
momento entre los hephthalitas de esta zona. Posteriormente debió ser
absorbido por las más numerosas tribus de habla pashtu originarias del
este de Irán, pero legaron el nombre de khalij a la amalgama tribal
resultante. Por otra parte, no hay ningún ejemplo en Afganistán de una
tribu invasora que haya perdido su propia lengua y adoptado la del pueblo
que formaba el sustrato previo. Los hazaras mongoles de Afganistán central
actualmente son casi por completo de habla persa, aunque conocen su
propio origen mongol. La teoría de Minorsky es, por tanto, muy sugestiva,
aunque hay que admitir, sin embargo, que las pruebas acerca de las afinidades
raciales y lingüísticas de los hephthalitas son extremadamente fragmentarias
y, en consecuencia, de ninguna manera se las puede considerar concluyentes.
Pags. 54-59
Extractos sobre los Hsiung-nu en el libro "El Imperio
Chino", de editorial siglo XXI.
b) La guerra en el exterior: Hsiung-nu, Asia central
Los hunos de Asia oriental (Hsiung-nu) seguían siendo
el enemigo exterior más peligroso del imperio Han. Aún hoy se sigue
discutiendo si serían aquellos los hunos que aparecieron en Europa capitaneados
por Atila, en el siglo IV d. C., o si, por el contrario, los Hsiung-nu
nada tienen que ver con éstos, y al parecer tampoco se sabe con certeza
el tronco lingüístico al que pertenecen. Los investigaciones más recientes
no parecen demostrar, corno se creía, un posible parentesco entre palabras
de los Hsiung-nu mencionadas en las fuentes chinas y las lenguas turcas,
sino que sugieren más bien relaciones con las lenguas siberianas (keto,
samoyedo). No puede aducirse, en cuanto a la cuestión de su identificación,
el hecho de que los Hsiung-nu fueran pastores y jinetes nómadas. El
tipo de economía de los nómadas esteparios no ha estado en relación
con grupos de pueblos determinados. Tampoco puede recurrirse a los títulos
de Hsiung-nu qué la tradición nos ha transmitido. Los títulos de soberanos
pertenecen al repertorio de elementos culturales y lingüísticos que
pasan de un pueblo a otro. Finalmente, la mezcla de pueblos fue común
a todos los reinos esteparios que aparecen en la historia eurasiática.
Las federaciones que se formaron en la estepa comprendían diversos pueblos,
del mismo modo que se encontraban germanos y godos entre los seguidores
de los hunos de Atila y bajo la soberanía de éstos. Y de los <mongoles>
de Gengis Khan, seguramente sólo una parte eran auténticamente de lengua
y origen mongol. En los reinos esteparios todo se asimila a la lengua
y nacionalidad del clan dirigente; éste es el que da a la federación
su nombre, y muchas veces también su lengua común.
Hay un perfecto paralelismo entre el ascenso de los Hsiung-nu,
hasta convertirse en un adversario peligroso para China, y la creación
de imperio unificado chino, y este paralelismo no sólo se da en el desarrollo,
sino también en el tiempo (finales del siglo III a. C.). Apenas pueden
abrigarse dudas respecto a que la fundación de un imperio por parte
de los sedentarios chinos haya estimulado e influido a sus vecinos nómadas.
Contribuyó no poco a ello el hecho de que huyeran con los hunos los
renegados chinos -al igual que se encontraban también romanos y griegos
en la corte de Atila-, a menudo fugitivos políticos, pero igualmente
osados aventureros y chinos que prefirieron la vida libre de la estepa.
De este modo, las influencias chinas se hicieron sentir desde época
temprana entre los Hsiung-nu. Las primeras informaciones realmente detalladas
que se tienen sobre enfrentamientos entre China y nómadas de la estepa
son precisamente aquellas que hacen alusión a las luchas de los Hsiung-nu
y los chinos, y de ellas se desprende que el Estado chino tuvo que defenderse
de sus vecinos noroccidentales hasta entrado el siglo XVII d. C. Es
ésta una de las constantes de la historia de China. Se ha querido ver,
no sin razón, la relación entre sedentarios y nómadas como inserta en
un contexto condicionado por factores económicos. Los nómadas dependían
del trigo corno complemento de su precaria base alimenticia, y por esta
razón realizaban también precarios cultivos. Permaneció la vecindad
pacífica mientras duró en la frontera china el intercambio de los cereales
necesarios por pieles, cueros y caballos. Pero en tiempos de malas cosechas
y epidemias de ganado y en ciertos casos, cuando la propia China no
estaba en condiciones de exportar cereales por motivos climatológicos
o como consecuencia de disturbios internos, la situación de los nómadas
se tornaba grave y éstos emprendían ataques a fin de salir de semejante
situación; se trataba de apoderarse por medios violentos de lo que les
brindaba, en otras circunstancias, el intercambio comercial. Así se
puso en marcha una reacción en cadena que fue motivo de preocupación,
con bastante frecuencia, para los gobiernos chinos.
Bajo el Khan Mao-tun, la federación de los Hsiung-nu alcanzó
uno de los momentos de mayor esplendor. El emperador Wen, de la dinastía
Han, intentó comprar la paz de las fronteras entregando cereales y seda
a los Hsiung-nu y siguiendo una política defensiva. Se celebraron toda
una serie de acuerdos que en algunos casos incluyeron también matrimonios
entre princesas chinas y soberanos Hsiung-nu. Estas mujeres chinas,
trasladadas a la fuerza a las tiendas de los Hsiung-nu, se convirtieron
en portadoras de influencias culturales chinas. Parece haber sido tal
la cantidad de seda entregada que los Hsiung-nu pudieron enviar el remanente,
en venta gananciosa, a la parte occidental de Asia. Así, el comercio
llevado a cabo por la "ruta de la seda" no surgió tanto por la iniciativa
de comerciantes privados chinos cuanto por los "tributos" rendidos por
China en el marco de los acuerdos. Bajo el gobierno del emperador Wu
se pasó de una política defensiva a una ofensiva. Este soberano envió
diversas expediciones a la estepa a partir del año 133 a. C.
para librar una batalla decisiva contra los Hsiung-nu en sus campos
de pastoreo. Sólo una de estas expediciones pudo alcanzar el objetivo
estratégico. Alrededor del año 127 a. C. se encontraba en manos chinas
el territorio Ordos, es decir, la comarca cuadrangular situada en el
curso superior del Huangho. Los repetidos avances que tuvieron lugar
desde este punto sobre la estepa sirvieron rnás que nada para intranquilizar
a los Hsiung-nu, pues Wu y sus generales no tenían intención de establecerse
definitivamente en las extensiones de Mongolia. La cuenca del Tarim
representaba un objetivo más importante para atacar. Los estados
situados en los oasis, cuya población era de habla indoeuropea, habían
caído bajo el dominio de los Hsiung-nu; se trataba de un país de importancia
debido a las rutas de caravanas hacia Occidente que por allí pasaban
y el control comercial que esta situación les confería, pero asimismo
por la explotación de jade que brindaba. En el año 121 el general Ho
Ch'ü-ping avanzó hacia el Noroeste y conquistó el "corredor" de Kansu,
dentro del cual Chü-yen se convirtió en un importante asentamiento comercial
y militar chino. Las excavaciones que se efectuaron allí descubrieron
gran cantidad de documentos chinos escritos en madera y bambú, que permiten
reconstruir la vida cotidiana de una guarnición china fronteriza, y
no sólo esto, sino que también brindaron una imagen del "limes" chino,
una cadena de minuciosas fortificaciones, construida para hacer frente
a los ataques de los nómadas.
La emigración de los Yüeh-chih de Kansu, por presión de
los Hsiung, data aproximadamente del año 180. Alcanzaron el territorio
de la Bactriana griega, estableciéndose allí. La corte china envió al
oficial Chan Ch'ien, al frente de una especie de destacamento-espía,
con el fin de establecer contacto con los Yüeh-chih y exhortarlos a
formar una alianza. Este objetivo diplomático-militar no se habla logrado
aún cuando Chan Ch'ien reapareció en la capital, en el año 126 a. C.,
tras realizar un viaje lleno de aventuras a través de Asia. Pero informó
sobre un mundo hasta entonces desconocido para los chinos, el del Irán
helenizado. El Ta-yüan de las tierras occidentales corresponde al paisaje
de Fergana y posiblemente refleje el nombre de los tocarios. De allí
obtuvieron los chinos noticias sobre el vino de uva de una población
sedentaria y rica; llegaron a China plantas de cultivo procedentes de
Asia sudoccidental: alfalfa, importante como forraje para los caballos,
y también caballos. Según investigaciones recientes, es probable que
la importación a China de caballos procedentes de Asia sudoccidental
no se debiera solamente a intereses mercantiles, sino que existieron
también razones religiosas. Las expediciones enviadas a Sógdiana por
el emperador Wu, en los años 104 y 101 a. C., debieron estar motivadas
por la superstición del emperador, quien vela en los "celestes caballos"
de Occidente un medio para obtener la inmortalidad; actitud ésta que
concuerda con lo que se sabe sobre la personalidad del emperador, curiosa
mezcla de pragmatismo y superstición. Estas expediciones militares de
los chinos colocaron la cuenca del Tarim bajo soberanía china y debilitaron
el poder de los Hsiung-nu. En el siglo I a. C. el imperio Hsiung-nu
fue descomponiéndose gradualmente; en el año 53 el soberano del grupo
meridional se sometió a los chinos, y un nuevo avance de éstos hacia
Asia occidental infligió una nueva derrota en Sogdiana a las fuerzas
Hsiung-nu que quedaban en pie. Así, aproximadamente desde mediado del
siglo I, la cuenca del Tarim se encontraba bajo administración militar
china; una amplia red de guarniciones garantizaba la posición adquirida
por los chinos, sin que por ello desaparecieran los pequeños reinos
autóctonos.
El curso posterior de la historia muestra que no siempre
pudo mantenerse la preponderancia en Asia central, conquistada en las
luchas que se desarrollaron bajo Wu y sus sucesores. Pero con ello el
imperialismo chino conoció el camino de Occidente. Las fronteras actuales
del estado chino en Asia central, marcadas por la provincia de Sinkiang,
corresponden en lo fundamental a las conquistas realizadas ya bajo los
Han. Las influencias y bienes culturales procedentes del territorio
iraní llegados a China por esta vía revistieron gran importancia para
la civilización de China. Por las rutas de la seda llegó también a China,
a partir del siglo 1 d. C., el budismo, y con él una gran cantidad de
nuevos elementos que vendrían a enriquecer la civilización china. Pags.
75-78
a) Conquistas
La guerra civil se había librado principalmente en el
norte y en el centro de China. Así es como se reforzó el movi-miento
migratorio hacia el Sur, iniciado ya con las inundaciones. Los colonos
se trasladaron hasta el corazón de Yünnan, Annam y Tongking, territorios
que hablan sido ligados mas estrechamente al imperio por el general
Ma Yüan al ser enviado éste en el año 42 d. C. a Tongking, donde dos
años antes habla estallado una rebelión que fue entonces sofocada. Con
todo, la soberanía china sobre estos territorios debió haber sido seguramente
nominal.
No obstante, la emigración de las regiones septentrionales
y del Noroeste se debía también a otras razones. Durante la guerra civil
diversos pueblos extranjeros habían irrumpido nuevamente o se hablan
instalado en estas zonas. Aunque en el año 48 d.C. se produjo una división
entre los Hsiung-nu y se quebró su confederación, ello no redundó únicamente
en beneficio de los chinos. Diecinueve tribus de los llamados Hsiung-nu
del Sur se pusieron bajo la protección de los Han, pues se encontraban
acosados por los Hsien-pi y los Wu-huan. Por un lado fue grata su llegada,
pues se esperaba poder utilizarlos en Shansi y en el arco del Huangho
para afianzar las fronteras, como se esperaba de las tribus tibetanas
toleradas entre el Huangho y el Kuku Nor; pero por otro lado, estos
Hsiung-nu y tibetanos crearon muchos problemas a sus vecinos chinos
con sus saqueos e incursiones. Por otra parte, entre el año 60 y 70
d. C., las secciones de los Hsiung.nu que se habían retirado hacia el
Norte volvieron a hacer sentir su presencia y lograron cierta influencia
en Turkestán, donde los estados tributarios de China, excepto el rey
de Yarkend, rompieron sus vínculos con el imperio Han. En el año 73
se puso en marcha una primera campaña dirigida por Tou Ku. El clan Tou,
que estaba emparentado con la casa imperial, se contaba entre los más
fervientes partidarios de una política ofensiva con respecto a Asia
central, política que fue luego puesta en práctica bajo los emperadores
Chang (76-88) y Ho (89-105). Tou Hsien y Pan Ch'ao derrotaron a los
Hsiung-nu del Norte en varias batallas, siendo el segundo quien más
avanzó, llegando en el año 94 hasta el extremo occidental de la cuenca
del Tarim. Pero el protectorado chino no duró mucho; en el año 107 se
retiraron ya las guarniciones del exterior. Económicamente el imperio
no se encontraba en condiciones de mantener durante mucho tiempo su
presencia militar en estos gigantescos territorios; hubo que conformarse
con que las comunicaciones por tierra con Asia sudoccidental no se cortasen
totalmente. Por otra parte, alrededor del año 107 se desencadenaron
una serie de disturbios entre los tibetanos asentados en la parte oriental
de Kansu, recrudeciéndose una y otra vez durante una década e impidiendo
temporalmente que el gobierno central pudiera controlar la región del
Noroeste. Todo este proceso fue una de las causas de que el contacto
y el comercio con el lejano Occidente se realzase cada vez con más frecuencia
por vía marítima. Pags. 100-101
Extractos sobre los Hunos del libro "La Alta Edad Media",
de Isaac Asimov, editorial Alianza.
Aún había esperanzas, pues, de que Roma pudiese resistir
el choque de las invasiones, de que los invasores pudiesen ser asimilados
y convertidos en romanos, y de que los emperadores pudiesen gobernar
como antes. La gran barrera era la religión. Los germanos eran arrianos,
y para la población romana, que era católica en su abrumadora mayoría,
esto era peor que el hecho de que fuesen germanos.
Pero aun esta situación podía haberse suavizado. Si pudiera
detenerse la historia en un punto, podría absorberse casi todo cambio.
Pero la historia no se detendría. Roma se estaba desmembrando,
y penetraban en ella nuevos grupos de invasores toscos y bárbaros más
rápidamente que lo que podía ser romanizado un grupo de ellos. Estas
nuevas oleadas podían haberse aplacado por sí solas, pero en realidad
eran impelidas, pues los hunos estaban nuevamente en marcha.
Después de su conquista de los territorios ostrogodos
y visigodos medio siglo antes, los hunos habían permanecido en calma.
Pero en 433 un gobernante llamado Atila llegó al trono. Astuto, ambicioso
y en modo alguno sólo un bárbaro, embarcó otra vez a los hunos en una
agresiva política de expansión. Durante la mayor parte de su reinado,
dirigió sus ataques hacia el Sur, a través del Danubio, y esparció la
ruina y los saqueos por las provincias del Imperio de Oriente, obteniendo
grandes ganancias como botín y tributos.
Luego se dirigió al Oeste por diversas razones. El Imperio
Oriental estaba ansioso de sobornarlo para que se alejase, como antaño
había sobornado a Alarico, una generación antes. Además, el Imperio
de Oriente ofrecía una resistencia desesperada, y Atila pensó con razón
que el Imperio Occidental, más débil y en un estado más avanzado de
desintegración, sería una presa mucho más fácil.
Llevó su ejército al Oeste a través de Germania, obligando
a algunas de las tribus a cruzar el Rin en huida. Entre ellas se contaban
los burgundios, que habían habitado a lo largo del Rin central y ahora
se lanzaron al sudoeste de la Galia, ocupando la región que rodea al
lago de Ginebra. Más al norte, los francos cruzaron el Rin inferior
y penetraron en el norte de Francia.
En 451, los hunos cruzaron el Rin, y por primera y única
vez en la historia, guerreros altaicos estuvieron al oeste de este río.
(Europa volvería a temblar ante invasiones de otros guerreros asiáticos,
entre ellos, mongoles y turcos, pero ninguno llegaría tan al Oeste.)
En ese momento, los dominios hunos llegaron a su máxima extensión, pues
cubrían una franja de tierra, a través de Europa central y oriental,
que tenía cuatro mil kilómetros de largo.
El Emperador de Occidente era por entonces Valentiniano
III, y el general principal era Flavio Aecio, hombre capaz que había
estado mucho tiempo entre los visigodos y entre los hunos.
Aecio había ejercido el gobierno imperial en la Galia
durante años, enfrentando a un grupo de bárbaros contra otro, para que
ninguno llegase a ser demasiado fuerte. También se entregó a rencorosas
intrigas contra otros generales imperiales, y es difícil saber si hizo
más bien que mal a Roma a largo plazo, pues nunca pareció vacilar en
dar prioridad a su provecho personal antes que al del gobierno.
Por ejemplo, fue su rivalidad con otro general lo que
llevó a la creación del Reino Vándalo en el norte de Africa y a la pérdida,
para Roma, de una importante fuente de cereales.
Aecio había combatido contra los visigodos y no había
vacilado en emplear tropas hunas siempre que quisieron luchar de su
parte. Pero ahora los hunos eran el principal enemigo, y Aecio dio media
vuelta. Se alió con su viejo enemigo, el anciano Teodorico I, rey de
los visigodos, y, junto con otras tribus germánicas entre las que figuraban
los francos y los burgundios, se volvió contra los hunos.
El ejército de Atila tampoco era exclusivamente huno.
Tenía muchos aliados germánicos y un fuerte contingente ostrogodo, pues
éstos se hallaban bajo la dominación de los hunos desde hacía ochenta
años.
Atila trató de dividir a las fuerzas que se les enfrentaban
anunciando que no había ido a luchar contra el Imperio, sino sólo contra
los visigodos. Conocía bien a Aecio y pensaba que sería fácil que éste
se retirara y dejase que los hunos luchasen contra los visigodos. Pero,
por una vez, Aecio no jugó sucio y se mantuvo firme.
Antes de que las fuerzas imperiales pudieran alcanzarlo,
Atila se había dirigido a las murallas de Aurelianum (la moderna Orleáns)
y hasta se había afirmado dentro de la ciudad. Pero cuando llegaron
las fuerzas imperiales, se vio obligado a retirarse.
Los ejércitos se encontraron en los Campos Cataláunicos
(la principal ciudad de esta región es Chalons), a unos 190 kilómetros
al noroeste de Orleáns. No fue tanto una batalla de romanos contra hunos
como de godos contra godos.
Aecio colocó sus propias tropas a la izquierda del frente
y a los visigodos a la derecha. Los aliados más débiles fueron apostados
en el centro, por donde -según esperaba Aecio- Atila (que siempre se
colocaba en el centro de su línea) lanzaría el ataque principal. Así
ocurrió. Los hunos atacaron por el centro y penetraron en las líneas
enemigas, mientras los extremos de las lineas de Aecio se cerraron sobre
ellos y los rodearon. Cuando la batalla terminó, las fuerzas imperiales
habían vencido claramente.
Si la victoria hubiese sido aprovechada adecuadamente,
los hunos podían haber sido exterminados y Atila muerto. Pero Aecio,
el intrigante, pensó que su principal preocupación debía ser impedir
que sus aliados se hiciesen demasiado fuertes. Teodorico, el viejo rey
visigodo, había muerto en la batalla, y Aecio urgió al hijo y heredero
del monarca, Torismundo, a que retornase rápidamente a Tolosa para asegurarse
la sucesión. Los visigodos fueron retirados apresuradamente del lugar
de la batalla, con lo cual perdieron la oportunidad de expandir su reino
gracias a la victoria.
Este fracaso de la expansión visigoda convenía a Aecio,
por supuesto. También estaba seguro de que una guerra civil mantendría
ocupadas las energías de los visigodos, y tenía razón. Torismundo subió
al trono, pero al año fue muerto por su hermano menor, quien entonces
reinó con el nombre de Teodorico II.
Aunque Aecio había logrado una ventaja, perdió los beneficios
a corto plazo. Sin sus aliados visigodos, Aecio no tenía fuerzas suficientes
para perseguir a los hunos. El resultado de la batalla de los Campos
Cataláunicos fue expulsar a Atila de la Galia, pero a causa totalmente
de las maquinaciones de Aecio, no terminó con la amenaza de los hunos,
como fácilmente podía haber sucedido.
Atila pudo reorganizar su ejército y tomar aliento. En
452, invadió Italia. Puso sitio a Aquileya, ciudad del extremo septentrional
del mar Adriático, y después de tres meses la tomó y la destruyó. Algunos
de los habitantes, huyendo de la devastación, buscaron refugio en las
lagunas pantanosas del oeste. Éste, según la tradición, fue el núcleo
inicial de lo que más tarde sería la famosa ciudad de Venecia.
Italia estaba postrada ante Atila, como cuarenta años
antes lo había estado ante Alarico. Los hunos podían haber tomado Roma
como los visigodos, pero a último momento se retiraron. Algunos dicen
que la causa fue el temor supersticioso de Atila ante la aureola de
Roma y del papa León I, quien fue a su encuentro con todos los ornamentos
papales para pedirle que no destruyese a Roma. Otros, menos románticos,
dicen que se retiró gracias a un considerable presente en oro que el
papa León I llevó consigo.
Sea como fuere, Atila abandonó Italia. Al volver a su
campamento bárbaro, en 453, se casó nuevamente, añadiendo otra esposa
a su numeroso harén. Participó en una gran fiesta y luego se retiró
a su tienda, donde murió durante la noche, al parecer de un ataque,
causado quizá por los excesos de la celebración.
Su Reino quedó dividido entre sus muchos hijos y se derrumbó
casi inmediatamente bajo el impacto de una revuelta germánica, que estalló
tan pronto como se difundió la noticia de la muerte de Atila. La dominación
huna llegó a su fin y los hunos desaparecieron de la historia. Pags.
46-51
Extractos sobre los Hunos del libro "El Imperio Romano",
de Isaac Asimov, editorial Alianza.
Mientras los vándalos se apoderaban de la provincia meridional
del Imperio Occidental y los visigodos se acomodaban en las provincias
occidentales, una amenaza aun más bárbara aparecía en el Norte.
Los hunos estaban nuevamente en marcha.
Había sido su migración hacia el Oeste, casi un siglo
antes, desde el Asia Central a las llanuras al norte del mar Negro,
lo que había impulsado a los visigodos a entrar en el Imperio Romano
e iniciado el prolongado ataque que ahora puso al Imperio Occidental
al borde de la ruina.
Mientras los godos y vándalos obtenían sus victorias,
los hunos habían permanecido relativamente tranquilos. Habían saqueado
la frontera romana de vez en cuando, pero sin llevar a cabo una invasión
substancial.
En parte, esto fue consecuencia de que el Imperio Oriental
estuvo en una situación más sólida que su hermano Occidental. Después
de la muerte de Arcadio, en 408, su hijo de siete años, Teodosio II
(llamado a veces "Teodosio el Joven"), subió al trono. Cuando llegó
a la edad adulta, demostró ser más fuerte que su padre, y hasta tenía
cierta amabilidad y buena disposición que le dio popularidad. En el
curso de su largo reinado de cuarenta años, el Imperio de Oriente conservó
cierta estabilidad. Amplió y reforzó Constantinopla, abrió nuevas escuelas
y mandó hacer un compendio jurídico que fue llamado el Código de Teodosio,
en su honor.
Los persas (el viejo enemigo casi olvidado ante los terrores
del nuevo peligro que presentaron los bárbaros del Norte) fueron rechazados
en dos guerras de bastante éxito, y si bien las fronteras del Imperio
Occidental se estaban derrumbando, las del Imperio Oriental se mantuvieron
intactas.
Pero en 433 dos hermanos, Atila y Bleda, accedieron al
gobierno de los hunos. Atila, que era el miembro dominante de la pareja,
de inmediato mostró una actitud amenazante hacia Roma y obligó a Teodosio
a pagarle un tributo de 700 libras de oro al año a cambio de la promesa
de mantener la paz.
Y Atila mantuvo la paz... durante un tiempo. Aprovechó
el intervalo para fortalecerse en todas partes, lanzando a sus jinetes
contra los primitivos eslavos, que entonces ocupaban las llanuras de
la Europa oriental central. También avanzó hacia el Oeste, a Germania,
debilitada y en parte despoblada por las migraciones de tantos guerreros
a las provincias occidentales del Imperio.
El empuje hacia el Oeste de los hunos lanzó a nuevas tribus
germánicas a través del Rin. Entre ellas se contaban los burgundios,
algunos de los cuales habían participado en el anterior avance de los
suevos sobre la Galia. Ahora, en 436, y en los años siguientes, nuevos
grupos de burgundios entraron en la Galia y se establecieron en la región
sudoriental de la provincia, después de sufrir una derrota, por obra
de Aecio, que desalentó los planes que pudieron haber concebido de obtener
un dominio más vasto por el momento.
Otra tribu germánica empujada a la Galia por los hunos
fue la de los francos. Habían intentado hacer una incursión en Galia
casi un siglo antes, pero Juliano los derrotó de modo tan total que
hablan permanecido en calma desde entonces. Ahora ocuparon la parte
nororiental de la Galia, y esta ocupación también fue limitada por una
derrota a manos de Aecio.
Otras tribus germánicas -los anglos, sajones y jutos-
que habitaban al norte y al noreste de los francos, sobre las costas
de lo que es ahora Dinamarca y Alemania occidental, se vieron obligados
a cruzar el mar en el decenio de 440. Hicieron correrías por Britania,
que había vuelto a la barbarie, y en 449 los jutos efectuaron sus primeros
asentamientos permanentes en lo que es ahora Kent, en la región sudoriental
de Inglaterra. Durante los siglos siguientes, los "anglosajones" expandieron
lentamente sus posesiones al Oeste y al norte contra los fieros guerreros
celtas britanos. Fue esta resistencia céltica la que más tarde dio origen
a la leyenda del rey Arturo y sus caballeros.
Algunos de los britanos huyeron luego a la región noroccidental
de la Galia, estableciéndose en lo que es ahora Bretaña.
Después de la muerte de Bleda, en 445 (1198 A. U. C.),
desapareció la influencia moderadora que ejercía éste sobre Atila, quien
entonces gobernó un vasto imperio que se extendía desde el mar Caspio
hasta el Rin y cubría la frontera septentrional del Imperio Romano de
un extremo a otro.
Decidió seguir una política exterior aún más aventurera
e invadió el Imperio de Oriente, hasta que fue comprado por un tributo
aumentado de una tonelada de oro al año.
Teodosio II murió en 450 (1203 A. U. C.) y le sucedió
su hermana, Pulqueria, nieta de Teodosio I. Sintió la necesidad de un
sostén masculino en medio de los males que la acosaban y se casó con
Marciano (Marcianus), un tracio de humilde origen pero un capaz general.
El cambio de gobierno se hizo sentir inmediatamente, pues
cuando Atila envió a pedir el último pago del tributo anual, Marciano
se negó a entregarlo y se declaró dispuesto a ir a la guerra.
Atila rechazó el desafío. ¿Para qué preocuparse por Marciano,
que podía crearle problemas, cuando en el Oeste había una región dominada
por un emperador débil, cortesanos pendencieros y reinos bárbaros rivales?
Hay una historia según la cual Honoria, la hermana de Valentiniano III
habiendo sido encarcelada por un delito, hizo llegar su anillo a Atila
y lo instó a ir a Italia y reclamaría como novia suya. Esto pudo haber
servido al rey huno como excusa para una invasión que de todos modos
tenía planeada.
Casi inmediatamente después de la subida al trono de Marciano
y el rechazo del tributo, Atila se dispuso a cruzar el Rin e invadir
la Galia.
Desde hacía una generación, la Galia había sido el escenario
de la lucha entre Aecio, en representación del Emperador, y diversas
tribus germánicas. Aecio había hecho prodigios. Mantuvo a los visigodos
confinados en el sudoeste, a los burgundios en el sudeste, a los francos
en el noreste y a los britanos en el noroeste. Grandes extensiones de
la Galia central seguían siendo romanas. En verdad, puesto que Aecio
obtuvo las últimas victorias que lograron los romanos en Occidente,
a veces es llamado «el último de los romanos».
Pero ahora no era con las tribus germánicas que huían
de los hunos con los que debía luchar, sino contra los mismos hunos
Cuando Atila y sus hordas de hunos cruzaron el Rin en 451(1204 A. U.
C.), Aecio se vio obligado a hacer causa común con el visigodo Teodorico
I. En verdad los germanos de la Galia reconocieron el tremendo peligro
que se cernía sobre todos, y francos y burgundios afluyeron al ejército
de Aecio.
Los dos ejércitos, el de Atila, que incluía auxiliares
de las tribus germánicas conquistadas por los hunos, sobre todo los
ostrogodos, y el de Aecio, con su fuerte contingente visigodo se encontraron
en el norte de la Galia, en una región que había sido habitada por una
tribu celta llamada los «catalauni». Por ello, la región es llamada
los Campos Catalánnicos y la principal ciudad de la región es ahora
Châlons, a unos 140 kilómetros al este de París. La batalla que se libró
allí es llamada la Batalla de Chálons o la Batalla de los Campos Catalaúnicos,
pero de cualquier forma que la llamemos fue en cierta medida una batalla
de godos contra godos.
Aecio colocó sus propias tropas en la izquierda de la
línea del frente y a los visigodos en la derecha. Los aliados más débiles
fueron situados en el centro, donde, esperaba Aecio, Atila (que siempre
estaba en el centro de su propia línea), lanzaría el ataque principal.
Eso fue lo que ocurrió. Los hunos atacaron por el centro y avanzaron,
mientras los extremos de la línea de Aecio se cerraron sobre ellos,
los rodearon e hicieron estragos.
Si la victoria hubiera sido explotada hasta el fin, los
hunos podían haber sido barridos y Atila muerto. Pero Aecio era aún
más intrigante que general y le interesaba que los visigodos no se hicieran
demasiado fuertes como resultado de la victoria sobre los hunos. Teodorico,
el viejo rey visigodo e hijo de Alarico, murió en la batalla, y Aecio
entrevió aquí una oportunidad favorable. Habla mantenido al hijo de
Teodorico, Torismundo, como rehén para impedir que el viejo godo cambiase
repentinamente de opinión con respecto al bando al que le convenía apoyar.
Ahora envió al joven príncipe apresuradamente a Tolosa con su ejército
para asegurarse la sucesión. Con la desaparición de los contingentes
visigodos, Atila y lo que quedaba de su ejército pudieron escapar, pero
Aecio podía estar seguro de que los visigodos estarían dedicados a una
guerra civil. Accio tenía razón. Torismundo subió al trono, pero al
año fue muerto por su hermano menor, quien a su vez se hizo coronar
con el nombre de Teodorico II.
Este dudoso asunto de Châlons impidió que Atila conquistase
la Galia, pero no acabó con la amenaza de los hunos ni merece el honor
de llevar el nombre de "victoria decisiva" que le otorgaron ¿pocas posteriores.
Atila reorganizó su ejército, recuperó el aliento y, en
452, invadió Italia, usando todavía como excusa su petición de
la mano de Honoria, que se había prometido a él. Puso sitio a Aquileya,
ciudad del extremo septentrional del mar Adriático y después de tres
meses la tomó y la destruyó. Algunos de sus habitantes, huyendo de la
devastación, buscaron refugio en las lagunas cenagosas del Oeste. Este
fue, según la tradición, el núcleo inicial de la que más tarde sería
la famosa ciudad de Venecia.
Italia estaba postrada ante el avance de este bárbaro
que se jactaba de que «la hierba nunca vuelve a crecer allí donde pisa
mi caballo». Los eclesiásticos proclamaron que era el medio por el cual
Dios castigaba a un pueblo pecador. Era «el azote de Dios».
El avance de Atila hacia Roma no halló oposición. Como
Honorio se había quedado acobardado en Ravena cuarenta años antes mientras
Alarico atacaba Roma, así ahora Valentiniano III se quedó acobardado
en Ravena.
El único líder de Roma que podía oponerse a Atila fue
el obispo de Roma, quien por entonces era León, un hombre de origen
romano que había sido nombrado obispo en 440. (A causa de su historia
a menudo se le llama «León el Grande»).
Fue bajo León cuando el obispo de Roma logró por primera
vez la posición indiscutida de principal eclesiástico de Occidente.
El cambio de la capital occidental de Milán a Ravena había arruinado
el prestigio del obispo de Milán, mientras el poder bárbaro en Galia,
España y Africa había disminuido el prestigio de los obispos de esas
regiones.
La palabra «papa», que significa «padre», había sido aplicado
en diversas lenguas y aún lo es («père», «padre») a los sacerdotes en
general. En el Imperio Romano tardío fue aplicado a los obispos, en
particular, y a los obispos importantes más particularmente aún.
Cuando León fue obispo de Roma, se hizo práctica corriente
en Occidente limitar la palabra «Papa», con mayúscula, a él. León (y
los posteriores obispos de Roma) fue el «Padre» por excelencia; era
el Padre, el Papa.
Si bien es costumbre incluir a todos los obispos de Roma,
desde el mismo Pedro, entre los papas, sólo en el reinado de León el
nombre de «papa» se hizo común, y por eso León es considerado por algunos
como el fundador del papado.
León adoptó una actitud firme en todas las disputas religiosas
de la época. No vaciló en actuar como el primer obispo de la Iglesia,
y su opinión fue adoptada por otros. Mostró su fuerza en una severa
represión de los maniqueos, que fue el comienzo del fin de su intento
de competir con el cristianismo por la adhesión del populacho. (Sin
embargo, el maniqueísmo no murió, sino que llevó una existencia subterránea
y tuvo influencia en el desarrollo de ciertas herejías medievales, sobre
todo en el sur de Francia.)
El prestigio de León aumentó aún más por su acción con
respecto a Atila. Roma, abandonada por sus líderes politicos, sólo podía
apelar a León.
Recogiendo el desafío con firme valentía, León se dirigió
al Norte para encontrar al conquistador que se aproximaba. Ambos se
encontraron en 250, a orillas del río Po. Llevando sus vestimentas papales
con toda su magnificencia y rodeado de toda la pompa que pudo lograr,
León urgió a Atila abstenerse de atacar la ciudad sagrada del Imperio.
Según la tradición, Atila quedó desconcertado e impresionado
por la firmeza de León, su imponente apariencia y la aureola del papado.
Por temor reverente o por superstición, se retiró. A fin de cuentas,
Alarico había muerto poco después del saco de Roma. También es posible
que León acompañase sus palabras con la oferta de un generoso don en
lugar de la mano de Honoria, y que el oro, tanto como el temor, persuadiesen
a Atila a retirarse.
Atila abandonó Italia y, de vuelta en su campamento bárbaro,
en 453 (1206 A. U. C.) se casó de nuevo, anadiendo una esposa más a
su numeroso harén. Participó en una gran fiesta, luego se retiró a su
tienda y, durante la noche, murió en circunstancias misteriosas.
Su imperio quedó dividido entre sus numerosos hijos y
se desmembró casi inmediatamente bajo el impacto de una revuelta germana
que estalló tan pronto como se difundió la noticia de la muerte de Atila.
En 454, los germanos derrotaron a los hunos, y las hordas de éstos se
disolvieron. El peligro había pasado.
El gran adversario de Atila no le sobrevivió mucho tiempo.
Para la corte romana, Aecio había sido demasiado afortunado.
Había triunfado sobre su rival, Bonifacio; había triunfado sobre Atila.
Su ejército le era devoto y bandas de bárbaros protectores lo rodeaban
por todas partes.
El inepto Emperador, que había estado un cuarto de siglo
en el trono y había llegado a una poco heroica edad adulta sólo gracias
a las hazañas de su general, abrigaba un hondo resentimiento por haber
temido a ese general. Le fastidiaba haberse visto obligado a admitir
que su hija fuese prometida en matrimonio al hijo de Aecio. Como medio
siglo antes había sido fácil hacer creer a su tío Honorio que Estilicón
aspiraba al trono, así también ahora Valentimano III fue convencido
fácilmente de que la misma acusación contra Aecio era verdadera. Y,
en cierto sentido, Aecio provocó su destino por su arrogancia y el engreimiento
con que ignoraba las precauciones.
En septiembre de 454 se presentó solo ante Valentiniano,
que visitaba Roma en ese momento. Aecio trataba de hacer los arreglos
finales para el matrimonio de su hijo con la hija de Valentiniano que,
por supuesto, era el elemento más sospechoso de la situación en lo concerniente
al Emperador. Extrayendo repentinamente su espada, Valentiniano la clavó
en Aecio, y ésta fue la señal para que los funcionarios de la corte
rodeasen al general y lo acuchillasen.
Este acto no salvó a Valentiniano. No sólo fue impopular
en toda Italia -que confiaba en Aecio como escudo contra los bárbaros-,
sino que, para el Emperador, fue una forma de suicidio. Medio año más
tarde, en marzo de 455 (1208 A. U. C.), dos hombres que antaño habían
servido en la guardia personal de Aecio, hallaron finalmente la oportunidad
y apuñalaron a Valentiniano hasta la muerte.
Valentiniano fue el último gobernante masculino descendiente
directo de Valentiniano I. Este linaje duró, con creciente debilidad,
casi un siglo. El último gobernante de este linaje en el Este fue Pulqueria,
esposa del emperador Marciano y prima hermana de Valentiniano. Ella
murió en 453 y Marciano en 457.