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Este hito supone el hallazgo y explotación de
la riqueza minera del área del Moncayo y zonas próximas,
lo que origina una ruptura con las estructuras sociales típicas
de la edad del bronce, provocando el desarraigo de numerosos grupos,
que emigran hacia el oeste. Estas migraciones serán las que
a la postre darán a todo el noroeste penínsular su carácter
céltico.
La doctora G. López Monteagudo nos dice: "Diodoro
designa como celtíberos a todos los habitantes de la meseta,
lo que coincide con la afirmación de Plinio de que la Celtiberia
llegaba hasta el Atlántico. Teniendo en cuenta que estas fuentes
son tardías, puede suponerse que la situación que describen
era debida a la expansión de los pueblos celtibéricos
del extremo oriental de la Meseta sobre otros grupos indoeuropeos
que habitaban el resto de esta amplia región.", y también:
"Estrabón cita unos keltoí en las cercanías
del cabo Nerión, llamado por Mela Promontorium Celticum, que
habían llegado hasta alli en compañía de unos
turduli y que eran parientes de otros keltikoí que vivían
junto al Anas. Según Garcia y Bellido, estos celtici habían
salido de la región oriental de la Meseta en dirección
a Lusitania, en donde encontramos otros celtici en la desembocadura
del Guadiana; desde aquí habían reemprendido el camino
hacia Galicia, en donde parte de ellos se fundieron con otros celtici
que vivían dispersos en la región galaica."(La
región galaica abarcaba toda la zona comprendida al norte del
Duero y al oeste de la linea que forman el Sella en Asturias y el
Esla en León, no sólo la Galicia actual).

Estas migraciones producen en su contacto con los pueblos de origen
indoeuropeo que predominan en la zona del noroeste peninsular, una
nueva cultura mezcla de ambas. Se trata de la llamada Cultura Castreña,
que se desarrolla durante la edad de hierro, pero que hunde sus orígenes
en la del bronce, cuando todavía no se atestigua la presencia
celta en la zona. Se trata de una cultura en la que los elementos
célticos son incuestionables, pero que presenta rasgos y costumbres
peculiares que no encajan con lo que sabemos de los celtas y que debemos
atribuir a un primitivo aporte indoeuropeo, seguramente ligur o ilirio,
o de ambos.
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La cultura castreña
La presencia de castros es común a todo el área celta
de la Península. Sin embargo, los castros del Noroeste presentan
particularidades respecto a los de la Meseta. Mientras en Castilla
la forma es cudrangular aqui es redonda u oval, tanto en el castro
como en las casas. Mientras en la Meseta algunos alcanzan la categoría
de oppida, en el noroeste su tamaño es siempre reducido y además
son mucho más frecuentes y próximos entre sí.
Así Manuel Bendala nos dice: "En las fases más
antiguas los castros se organizan interiormente en casas redondeadas
y aisladas, una vieja tradicón que nos remite a tiempos prehistóricos;
constituyen un paradigma, no sólo de escaso aprovechamiento
del espacio ocupado, sino de individualidad, ausencia de coordinación
y de jerarquías sociales, quizá el mejor contrapunto
a la idea del asentamiento planificado y sujeto a un plan que aplica
una determinada autoridad comunitaria. Este tipo de casas se mantiene
de forma muy conservadora en la que se considera cultura castreña
por antonomasia, la "castrexa" del noroeste, propia de los
galaicos y pueblos limítrofes, fundamentalmente los astures
de las inmediaciones.".
Podemos definir la cultura castreña como aquella que se desarrolla
entre los siglos VI a. de C. y V de nuestra era, aunque unde sus raices
en la Edad del Bronce, en tierras de la antigua Gallaecia romana,
y cuyo elemento más característico es el castro.
Los castros
Los castros deben su orígen a las invasiones
de los Sefes. Los nativos, pacíficos, que hasta el momento
vivían en el llano y en las vegas de los ríos, trasladan
sus viviendas a sitios más inexpugnables y de fácil
defensa, amurallándose.
Generalmente los castros constan de un recinto amurallado en piedra,
de forma oval o redonda, que cobija en su interior un conjunto de
chozas dispuestas de forma desordenada, con paredes generalmente de
tapial(tierra seca con maderas), ya que sólo en fases tardías
se construyen paredes de piedra, y techumbre de paja. La fragilidad
de la construcción explica el que sus restos no hayan llegado
hasta nosotros. La puerta era de tablones de madera, y suele estar
un poco elevada del suelo, seguramente para impedir el paso del agua
al interior. El suelo se igualaba con piedra menuda sobre la que se
colocaba arcilla apisonada, y con cantos se hacía el hueco
para la lumbre Generalmente los castros son de muy pequeño
tamaño. Muy pocos podrían albergar más de una
docena de chozas en su interior.
Suelen situarse en lugares preeminentes, sobre colinas o montes de
mediana altura, aprovechando las defensas naturales cuando es posible(por
ejemplo, junto a terraplenes) y con buena visivilidad sobre el terreno
circundante. Todo ello nos define un habitat en el que las necesidades
defensivas son primordiales.
Son muy abundantes, sobretodo en Galicia y norte de Portugal, donde
se cuentan por miles. También se prodigan en las montañas
leonesas y la zona occidental de Asturias. En Sanabria y Carballeda
podemos encontrar restos de ellos en gran parte de sus pueblos.
Está comúnmente aceptado el atribuir a los celtas la
creación y habitación de los castros. Sin embargo, y
a pesar de lo poco que sabemos, se tienen datos suficientes para afirmar
que la cultura castreña era distinta de la del resto de la
zona céltica. Seguramente debe más al aporte de ese
sustrato indoeuropeo arcaizante del que hemos hablado anteriormente.
Probablemente, el mismo motivo que hubo para la tardía celtización
del noroeste peninsular, es el que ha permitido la mayor perduración
en la zona de los rasgos célticos: su situación geográfica,
alejada de las sucesivas corrientes de penetración cultural
que tuvieron otras zonas de la Península.
En este sentido Bendala dice:"La primitiva estructura de los castros
galaicos se mantuvo vigente hasta tiempos muy avanzados, y sólo
en época romana se advierten procesos de incorporación
a los sistemas de control territorial basados en asentamientos mayores,
del tipo de los oppida,..."
La sociedad castreña
La gran abundancia de castros así como su diminuto tamaño,
nos permiten hacernos a la idea de una sociedad muy poco vertebrada
y con grandes dosis de inseguridad.

La población se repartiría de forma muy
dispersa por el territorio, constituyendo nucleos de población
muy pequeños, donde se asentarían las diferentes centurias
o gentilitates, correspondiendose cada una con un castro.
Esta sería la forma básica de organización
social, intermedia entre la familia y la tribu. Dentro de cada castro
convivirían distintas familias, tomadas en un sentido extenso,
que supuestamente tendrían unos lazos de parentesco entre sí.
Abarcando diferentes castros estaría la tribu, pueblo o gens,
sin que sepamos qué tipo de relaciones existían entre
las diferentes gentilidades que la componían, aunque parece
que gozaban de gran autonomía y en ellas residía la
soberanía. Tenían sus propios dioses gentilicios y cultos
familiares, así como un derecho particular, del que quedaba
excluido el ajeno al grupo. De este modo el individuo queda desprotegido
fuera de su propio castro o gentilidad, por lo que el nivel de cohesión
política se ha de considerar muy débil o casi inexistente.
El carácter cerrado de esta sociedad queda atenuado por la
existencia de una institución que los romanos llamaron pacto
de hospitalidad. El acuerdo podia pactarse entre individuos o entre
las distintas gentilidades, considerandose mutuamente ambas partes,
en pie de igualdad, como protectores y protegidos. El extraño,
no enemigo del clan, podía acogerse a la hospitalidad del grupo,
pero ésta sólo estaba garantizada mediante la existencia
previa del pacto. De la institución se derivaba que los miembros
de ambas gentilidades fuesen recíprocamente considerados como
amigos y huéspedes, participando los de un grupo en los derechos
del otro y transmitiendo esta consideración a sus herederos.
Los pactos se hacían por escrito en las llamadas tesseras de
hospitalidad, documentos epigráficos hechos en bronce o plata
y de los que cada una de las partes guardaba una mitad. Suelen presentarse
con formas diferentes, a veces como animales, otras representando
manos entrelazadas. Su datación corresponde a los siglos que
van desde el II a. de C. hasta el II de nuestra era.
La escasa diferenciación entre las cabañas de los castros,
así como la pobreza de los ajuares encontrados, nos permiten
pensar en una sociedad muy igualitaria, cuya principal preocupación
sería atender de los rebaños que pastaban en los alrededores
del castro. La agricultura tenía escaso desarrollo y era labor
encomendada a las mujeres, costumbre que todavía podemos rastrear
en las zonas de influencia castreña.
Los hombres dedicarían su tiempo principalmente al cuidado
de los rebaños, la caza, la pesca y la guerra. El evidente
carácter defensivo de los castros nos hace pensar en una sociedad
muy inestable en la que la guerra sería un elemento cotidiano;
no debido tanto a factores extraños como a su propia idiosincrasia,
pues las defensas que proponen no serian un gran obstáculo
para otros pueblos más desarrollados, como el romano.
La jerarquización de estas sociedades estaría en función
de elementos como la edad y el sexo, tal y como nos dice Estrabón:
"Comen sentados sobre bancos construidos alrededor de las paredes,
alineándose en ellos según sus edades y dignidades...".
Los ancianos estaban muy considerados dentro del grupo, eran los portadores
de la sabiduría, pues en una sociedad de tradición oral
son los más viejos los que han podido aprender los diferentes
entresijos de la cultura
que han heredado. Junto a ellos estarían los portadores de
la timé, seguramente jóvenes guerreros protagonistas
de correrías saqueadoras sobre los pueblos cerealistas más
ricos del sur, y que tantos problemas ocasionaron a las legiones romanas.
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